Querida amiga,
Estoy tan cansada que a veces me despierto y me pongo triste porque sigo cansada tras una noche entera de sueño reparador. Esta semana está siendo como un pestañeo que no se acaba nunca.
No voy a decirte que no hice nada porque, además de los encargos, he estado preparando por fin el huerto. Las gallinas están tristes porque no pueden ir a revisar los cambios por sí mismas, y no sé cuánto tardarán en saltar al huerto a picotear. Así que tendré que arar también la tierra de la zona del gallinero para que tengan con qué jugar.
Y aunque estoy trabajando mañana y tarde, me siento una vaga. Mas sé que no es verdad, porque pasé dos días de cólicos con la regla y no paré más de lo imprescindible.
Es verdad que puede parecer que soy un ejemplo a seguir. Que trabajo incansablemente por mis sueños y mis objetivos, y que eso puede parecer algo a imitar. Pero no te dejes engañar, amiga. No saber parar es un síntoma de algo muy feo. Creer que el descanso es una derrota es horroroso. Pasar por encima de las necesidades de tu cuerpo y tu mente es traicionarte, por bueno que sea el motivo por el que lo haces. A mí me hace sentir triste y defraudada conmigo misma.
Sumemos la culpa de no haber publicado nada esta semana, aunque lo hice por necesidad: no llegaba a todo. Yo me leo y me doy un poquito de coraje.
No sé si me gustará o me hará sentir culpable el día que no te escriba que estoy cansada, pero ya toca.
Nos leemos, amiga!