Hola, amiga.
¿Sabes cuando tienes una semana dura, en que todos los días entran en la categoría de días que es mejor quedarse en la cama quieta y en silencio, y que trabajas muchísimo y parece que no has hecho absolutamente nada? Súmale tener la regla, dos proyectos entre manos y complicarte la vida tú sola añadiendo: Pintar las paredes del taller y forrar el escritorio.
Lo siento, lo de las paredes y el escritorio son imprescindibles. Ya no lo soportaba más. Al principio me hacía gracia que el escritorio fuese naranja butano, pero con las horas y horas de trabajo, he dejado de soportarlo y pasado a detestarlo con la fuerza de los mares así que debía desaparecer. Lo que nadie te cuenta es que forrarlo con un papel adhesivo se lleva un buen par de horas, y que después descubres que ahí falta algo más para poder lavarlo si lo mancho, y que necesito un forro de libros autoadhesivo, que se ha llevado otras 2 horas de mi vida y ha quedado con microburbujas. Que os lo cuento porque a mí me tiene un tic en el ojo y he decidido compartirlo y que vosotras también tengáis un tic nervioso y no podáis parar de verlas. Aquí se comparte todo, estamos juntas en lo bueno y en lo malo. Lo bueno es que a simple vista ha quedado perfecto. Y lo de las paredes... Me está costando porque he peleado y discutido con el rodillo, la pintura, las paredes y con mis ganas de acabar. Es un beige casi blanco, pero de todas formas las puertas, que supuestamente son blancas, exigen un lijado y pintado porque son color crema amarillenta... Así que cuando consiga acabar con las paredes he de empezar con las puertas. Una fantasía, un regalo, una ilusión que me hace cual niña la mañana del 6 de enero.
El caso es que no doy a basto, y que la culpa es mía por pedirme más de lo que podría dar y encima no perdonarme no dar más de mí cuando estoy atravesando una regla dolorosísima (no se por qué pero la primera del verano siempre es una odisea) y además tengo la energía bajo mínimos. La casa desordenada, el taller asqueroso y empantanado de trabajo y pintura, la batería social en números rojos y una sensación de soledad cada vez mayor.
Pues aún así, estoy muy orgullosa de mí. Porque comprendo mi sentimiento de culpa pero no dejo que me avasalle, porque no tiene razón, pero sí lógica. Porque puedo entenderme y priorizar con cabeza, dedicando mis escasas energías a lo que yo considero que es más importante y no más urgente. Porque he sabido descansar y he sabido trabajar concentrada y motivarme. Porque soy humana, me quiero, me respeto y me acepto. ¿Y tú, también tuviste una semana complicada?
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